Es difícil ir un poco más allá de lo somero, de lo habitual, de lo superficial en nuestras disertaciones. Cuesta atreverse a atravesar esa puerta que, al acabar de desarrollar un argumento se cierra, como si no hubiera más que añadir o matizar, como si nuestro argumento hubiera sido perfectamente expuesto, o estirado hasta sus límites, o ponderadas y analizadas todas sus consecuencias. Al discurrir sobre algo, no solemos pregutarnos ‘¿y qué más?', sino que nos quedamos tranquilos y aligerados tras la primera aproximación o pincelada a cualquier tema que nos haya cruzado la mente. No nos atrevemos a indagar más allá, ni a abandonar la zona donde nuestra mente encuentra el confort y el reposo. Negamos, sistemáticamente, cualquier intento, voluntad y ápice por llegar, por buscar, por indagar tras la primera impresión u opinión sobre nuestras conjeturas. Nos conformamos con la primera y rápida impresión, que suele estar impregnada y teñida por nuestros prejuicios y creencias preestablecidas, y no permitimos el lento, elaborado y completo desarrollo de ideas, de pensamientos. Es como si, para pintar una pared, vaciásemos de una vez el balde de la pintura en la pared, en lugar de pasar la brocha por todos y cada uno de los rincones de la pared, una vez, o más si hacen falta.
Este mensaje, de forma más extensa y menos chabacana, se expone en el primer volumen de 'Tu rostro mañana'.